Nuestro Pasado es Perdonado

Palabra fiel es esta:
Que si morimos con Él, también viviremos con Él;
Si perseveramos, también reinaremos con Él;
Si lo negamos, Él también nos negará;
Si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse Él mismo.-

2 Timoteo 2:11-13

¿Alguna vez has rechazado la invitación de una amiga a pagar tu almuerzo?

Definitivamente soy culpable de responder con un rápido “¡No de ninguna manera! En serio ¡ni siquiera tienes que hacerlo! Ya lo tengo, estoy bien”.  Luego viene la tediosa pelea por la tarjeta de débito entre tú, tu amiga y el empleado detrás del mostrador.

Hubo un incidente en particular en el que esto pasó entre una amiga que deseaba cubrir el costo de mi almuerzo y yo.  Cuando comencé a despreciar su idea ella respondió: “no me robes la oportunidad de bendecirte”.

Su respuesta me paró en seco.  No había argumento contra esa bella respuesta.

¿Por qué nos cuesta tanto recibir?

Veo que esta lucha por recibir ocurre cuando intentamos comprender la mayor deuda que jamás se haya pagado a nuestro favor: el perdón de nuestros pecados. Tanto de nuestros pecados pasados como de los que aún no hemos cometido.

Lo hemos arruinado. Continuamos pecando. Cometemos errores. Dios pagó el precio por nosotras, y al mirarnos dice “No culpables”

Al momento que rendimos nuestra vida al Señor nos convertimos en una hija del Rey. Somos suyas. Su perdón es nuestro cuando nos arrepentimos y lo recibimos.

No importa cómo nos podamos sentir, cuando nos rehusamos a aceptar el perdón de Cristo para nosotras, negamos que Su obra en la cruz fue suficiente pago por nuestros pecados. Por supuesto que los sentimientos nos pueden ser muy útiles,  en especial ese sentimiento visceral que aflora frente a una mala situación. Sin embargo, permitir que nuestras emociones dicten quienes somos puede ser muy peligroso.

Esto me hace pensar que rehusar un regalo no es necesariamente una postura de humildad.  Mi amiga tenía razón en decir que mi negativa a permitir que me bendijera en realidad le estaba robando algo que ella estaba haciendo en obediencia.  No aceptar el perdón del Señor puede tener que ver más con nuestros sentimientos. Tal vez esté arraigado en pensamientos y sentimientos de ser poco amadas, indignas o incluso el sentimiento de que lo que hemos hecho es imperdonable.

Esta es la razón por la que es importante llenar nuestras mentes con la verdad. Podemos entrenar nuestros corazones incapaces de aceptar para que se vuelvan más suaves a medida que reconocemos nuestro pecado, pedimos perdón y creemos que somos perdonadas.  La vida es muy corta para cargar con un equipaje innecesario.  A veces somos nuestra peor enemiga al no dejar ir lo que el Señor ya pagó.

Incluso Pedro, quien negó al Señor mientras era juzgado, fue perdonado.  No sólo eso, Pedro fue aceptado por Jesús y restaurado para Él. Jesús no permitió que Pedro permaneciera y se revolcara en su vergüenza o en su desesperación. Él sabía que Pedro tenía mucho que lograr (y sufrir) por Su nombre. Si Pedro hubiera pasado más tiempo estancado en su vergüenza, ¡quién sabe cuántos se hubieran perdido de escuchar el evangelio!

No importa lo que hagamos, Él nunca renegará de nosotras.  Él nos ha hecho libres  y anhela restaurarnos, sin importar lo que hayamos hecho. Mi oración es que todas nos arrepintamos y realmente aceptemos el perdón y la gracia que nos ha regalado. Pues entonces encontraremos la libertad y viviremos diferente a causa de ello.  Dios no quiere que nos sentemos en ese lugar de vergüenza.  Él desea que vayamos a Él y le pidamos perdón. Nunca se trató de que nos perdonáramos a nosotras mismas, sino de Su regalo de perdón para nosotras. El precio ha sido pagado. ¡Hemos sido liberadas!

Kelli

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