El Amor Requiere Acción

Estaba ocupada preparándome para el estudio bíblico, arreglando sillas cómodas, encendiendo una vela perfumada, diseñando nuestro plan de estudios, cuando me embargó el amor por las mujeres de mi grupo. Somos un pequeño grupo de mujeres de entre veinte y treinta años. Algunas de nosotras tenemos trabajos corporativos y otras estamos en la escuela de posgrado. Algunas estamos casadas y otras, solteras. Algunas hemos sido cristianas toda nuestra vida y otras recientemente conocieron a Jesús. Nuestro tiempo juntas es muy dulce para mí, y estas mujeres me han enseñado cómo amar a Dios con mi vida entera.

Más tarde esa noche, una mujer compartió que pronto estaría mudándose, y que no sabía cómo empacar las cosas de su casa, mudar los pesados muebles, y desempacar en su nueva vivienda. Me avergüenza admitir que mi primer pensamiento fue “Alguien más puede hacer eso”. Estoy ocupada con el trabajo y la escuela; ¡mi agenda apenas tiene espacio para terminar mis incómodas tareas domésticas! Cuando todas las demás a mi alrededor se ofrecieron de corazón a ayudar a esta mujer a mudarse, me di cuenta cuán superficial y falso era realmente mi amor anterior.

El amor requiere acción. No podemos decir que amamos a otras personas y luego negarnos a servirles, a sacrificarnos por ellas, y a buscar su prosperidad. En nuestro pasaje de hoy, Juan nos dio una imagen amplia y radical de cómo es el amor real. Cuando dijo que todo el que ama ha sido engendrado por Dios y conoce a Dios, quiso decir que solo Dios puede dar a Sus hijos la capacidad de amar a los demás con amor verdaderamente abnegado. En nuestro quebrantamiento y pecaminosidad, no podemos amarnos unos a otros de esta manera. Seremos egoístas con nuestras relaciones, buscando nuestro propio beneficio y desatendiendo las necesidades de los demás. Pero Dios nos da el Espíritu Santo para que more en nosotras y nos guíe a amarnos unas a otras con un amor radicalmente desinteresado.

1 Juan nos recuerda que no podemos amarnos unas a otras de esta manera por nuestros medios. El verdadero amor no está en nuestro amor por los demás o incluso en nuestro amor por Dios, sino en el amor de Dios por nosotras. El amor de Dios también requería acción: Él envió a Su Hijo como sacrificio expiatorio por nuestros pecados. Esta es la expresión más elevada de verdadero amor. Dios podría haber expresado un amor meramente hipotético por nosotras, sintiendo cálidos sentimientos acerca de Su creación caída desde Su lejanía en el cielo.  Él podría haber mantenido Su distancia, enviando profetas para decirnos que nos amaba, sin prometernos hacer nada por nuestra desesperada situación. Ese no es el verdadero amor que Dios tiene por nosotras. No se contentó con dejarnos en nuestro sufrimiento y nuestro quebrantamiento, nuestra maldad y pecado. Su amor fue acción, y esa acción fue hacer el máximo sacrificio por nuestro bien.

Somos llamadas a amarnos unas a otras de la manera que Dios nos ha amado. El mundo a nuestro alrededor a menudo solo conoce una forma egoísta y codiciosa de amor: personas que solo pasan tiempo contigo cuando les conviene, que solo dan cuando pueden esperar algo a cambio, que quieren divertirse pero huyen cuando las cosas se ponen difíciles. Nuestro amor mutuo (amor desinteresado, generoso y activo) es un poderoso testimonio al mundo. A personas hambrientas de amor verdadero, podemos mostrar un destello del amor que Dios nos ha mostrado, y luego podemos presentarles el amor más grande de todos.

Kaitlyn Schiess

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