Jesús: Nuestro Mejor Amigo

Crecí en una iglesia del sur, tradicional, en la que había viejos bancos, por supuesto con himnarios en su parte posterior. Uno de mis himnos favoritos de pequeña era “¡Oh, qué amigo nos es Cristo!”, no porque la letra fuese profunda, sino porque me encantaban las armonías enriquecidas que entonaban algunas de las señoras mayores sentadas no muy lejos de mi familia. Y a medida que he ido creciendo (y que ahora asisto a una iglesia sin bancos ni himnarios), he llegado a amar aún más esos queridos himnos. Hay algo especial en cantar estas palabras probadas y comprobadas que mis padres y sus padres cantaban.

Mientras leía nuestro pasaje del día, me vino a la mente este viejo himno:

¡Oh! ¡qué amigo nos es Cristo!,

Nuestras culpas El llevó,

Y nos manda que llevemos

Todo a Dios en oración.

¿Somos tristes agobiados

Y cargados de aflicción?

Esto es porque no le llevamos

Todo a Dios en oración.

¿Qué tiene que ver esta canción con el pasaje de hoy? Bueno, los fariseos estaban tratando de atrapar a Jesús. Le acusaban de ser amigo de los pecadores, y la cosa es que tenían razón. La amistad de Jesús, Su amor salvador, no estaba reservada sólo para la gente buena (¡y no lo está hoy!). Lucas 19:10 dice: “porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Y Lucas 15:7 dice: “Les digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento.” A lo largo de la Escritura vemos que Jesús se hizo amigo de recaudadores de impuestos, de mujeres con pasados coloridos, de hombres que fueron asesinos (¡Saulo que se convirtió en Pablo!), y de muchos otros amigos que los fariseos consideraban indignos.

¡Oh, qué amigo nos es Cristo!

Él es la imagen más fiel de lo que debe ser la amistad. Es el que no se rinde cuando cometemos errores. Es el que, como en la parábola del buen pastor, va detrás de la oveja que se ha desviado de las otras noventa y nueve. Y no se limita en solo devolver la oveja a su rebaño, sino que se alegra de su regreso triunfante. Es bondadoso con el forastero y defensor de los débiles. Su amor es incondicional, interminable y nunca falla. Y no importa cuán lejos huyamos de Él, Su redención está a solo una confesión de distancia.

La verdad es que a veces me siento incómoda con la idea de que Dios, nuestro Salvador, sea descrito como un amigo. Me siento mucho más cómoda viéndolo como un Padre santo y justo. Sin embargo, creo que mis dudas dicen más sobre mi visión miope de la amistad que sobre el carácter de Dios. Porque cuando leo en Lucas 15 cómo el Señor se alegra de que un alma perdida vuelva a casa y luego en Lucas 19 que Jesús vino a buscar y salvar a los perdidos, puedo ver claramente que Su amistad es de las que salvan. Porque es en Cristo donde encontramos a nuestro mejor amigo.

Así que cuando el mundo te falle, o cuando te falles a ti misma, quiero dejarte esta porción final de ánimo, tomada de los dos últimos versos de “¡Oh qué amigo nos es Cristo!”, escrito en el siglo XIX:

“Si estás débil y oprimido

De cuidados y temor,

A Jesús, refugio eterno

Dile todo en oración.

¿Te desprecian tus amigos?

Cuéntale en oración,

En sus brazos de amor tierno,

Paz tendrá tu corazón.”

Llévalo al Señor en oración, porque Jesús no es sólo un amigo amable de los pecadores, es nuestro mejor amigo.

Brittany

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