Te cubro la espalda

El que anda en chismes revela secretos, Pero el de espíritu leal oculta las cosas. Proverbios 11:13

Recuerdo un incidente muy vergonzoso cuando era una niña pequeña.  Ni siquiera puedo creer que esté a punto de compartirlo contigo aquí, porque es vergonzoso recordarlo hoy incluso como una adulta.  Pero aun siento tanta empatía por mí misma de niña, y recuerdo vivamente como me sentí cubierta en un momento que podría haber sido de exposición y aislamiento social.

Estaba en el jardín de infancia, y debí haber olvidado cuando mi profesora indicó a los estudiantes que aprovecháramos el descanso para ir al baño después de la hora de receso.  Regresamos al aula y ella empezó la lección de la tarde, cuando de repente, recuerdo estar conmocionada y horrorizada de darme cuenta de que estaba a punto de tener un accidente allí en medio de la clase, mientras estaba sentada en mi silla. Dócilmente levante mi mano y le pedí a la profesora que viniera, incapaz de pronunciar una palabra para explicar, mis ojos debieron haber transmitido mi total horror y humillación. 

Lo siguiente que ella hizo, fue la bondad del mismísimo cielo. Inmediatamente reconoció mi apuro, y con gran gracia y tacto, invitó a los demás niños a formar una fila para una aventura sorpresa por la tarde. Rápidamente los condujo fuera del aula y los llevó por el pasillo hasta una fuente de agua para que bebieran un sorbo de agua (¡cualquier cosa puede ser una aventura para un niño de cinco años!)  lejos de mi vista, mientras ella asomaba su cabeza en el aula vecina para pedir el apoyo de otra profesora. Luego regresó a nuestra clase, donde me atendió a mí y a mi (literalmente generoso) charco de vergüenza.

Recuerdo que me explicó cómo ella iba a caminar conmigo al baño para limpiarme, pero que no me preocupara, que ella iba cubriéndome mientras caminábamos para que así nadie viera ni supiera lo que estaba pasando.  Mientras salíamos de la clase y caminábamos por el pasillo en la dirección opuesta de mis compañeros, recuerdo esconderme detrás de ella mientras escuchaba pequeñas voces que preguntaban: “¿Qué le pasa a ella?”. Tan honestos y directos como los niños de esa edad pueden ser, sin duda se habría convertido en un tema de conversación importante entre mis compañeros de clases si se hubieran enterado de mi percance, y podría haberme convertido en el blanco de burlas de los años venideros.

En cambio, mi profesora entendió el valor de ser capaz de ocultar un asunto que habría traído daño en lugar de bienestar.  Reconoció que mi dolor podría ser el blanco de chismes crueles entre los demás y salió de su zona de confort para garantizar que ese pequeño momento no se convirtiera en una etiqueta que me persiguiera en los días siguientes. Ella literalmente y en sentido figurado me cubrió las espaldas cuando más lo necesitaba.

Tal vez tú sabes cómo es estar en una situación donde el dolor, la vergüenza, los errores, la pérdida, o las dificultades de un asunto privado se han convertido en un tema de conversación pública para los demás. Es tan fácil que la vida privada de una persona sea expuesta para que el mundo lo lea todo en las redes sociales o  se convierta en un chisme casual durante una cena con las chicas.

Puedes ser capaz de empatizar con mi niña de cinco años de edad, mientras piensas en situaciones que tal vez hayas vivido que han dado mucho de qué hablar de ti a las personas.  Entonces podrás comprender el regalo de tener a una amiga confiable quien te proteja, te escuda y te cubre con gracia, en lugar de usarlo como un momento para difundir tu dolor como tema de conversación entre las demás.

Esa profesora mostró, tanto de palabra como de obra, que era una amiga que me cubría las espaldas. Lo que podría haber sido uno de mis recuerdos de infancia más vergonzosos, viene a ser el recuerdo gratificante de cómo alguien se preocupó lo suficiente para dar su milla extra y proteger y extender la dignidad en un momento de vulnerabilidad.

Desearía poder decir que siempre he seguido este ejemplo de bondad de esa maestra sabia siendo pronta a terminar y callar chismes y suposiciones respecto a “¿Qué le pasa a ella?” y convertir esas conversaciones en una oportunidad para dar una cobertura de gracia y empatía para con otro ser humano.  En ocasiones lo he hecho y en otras no. Pero mi esperanza y oración es que siempre tengamos como objetivo ser como esta profesora, comprendiendo que tenemos la opción de ser alguien que agregue dolor o vergüenza cuando otros sufren o caen, o ser como la persona que Proverbios 11:13 describe: “alguien en quien se pueda confiar un asunto”, para ser una persona confiable que encuentra una manera de cubrir a otros con gracia y bondad. 

Sé a qué persona prefiero tener en mi vida y sé la clase de amiga por la cual quiero ser conocida: Esa clase de persona confiable que dice: “Oye amiga yo te cubro la espalda”.

Andrea

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