Intención del Corazón

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¿Alguna vez conociste a alguien que sea realmente buena en hacer regalos significativos e intencionales a otros? Son aquellas personas que un mes atrás te escucharon mencionar que te encanta determinada marca de café, o que viste una hermosa chalina verde esmeralda en cierta tienda de ropa que te encantó. Y cuando llega una fecha de una ocasión especial, no puedes esperar a ver qué han encontrado para regalarte, porque sabes que proviene del corazón.

Cuando leemos la historia de Caín y Abel en Génesis 4:1-6, vemos cómo ambos trajeron una ofrenda a Dios, pero vemos dos reacciones diferentes de parte de Dios: Dios se agradó de Abel y de su ofrenda, pero no fue así con Caín.

Abel sabía lo que agradaría a Dios, y eligió lo mejor que podía ofrecerle. Su ofrenda era una demostración de que sabía qué era lo que agradaba a Dios, y su ofrenda reflejaba eso.

La ofrenda de Caín mostraba que pasaba algo en su corazón hacia Dios. No hubiese importado lo que Caín traía como ofrenda; la cuestión no era que Dios no estaba satisfecho con la ofrenda. Él no necesita una ofrenda animal ni nada que se nos ocurra en esta tierra. Él es Dios. Él es Creador de todo.

Pero lo que desagradó y decepcionó a Dios fue la intención detrás de la ofrenda.

La ofrenda era solo un despliegue externo y un indicador de lo que estaba sucediendo en el interior de los corazones de Caín y Abel.

Oseas 6.6 dice: “Porque me deleito más en la lealtad que en sacrificio, y en conocimiento de Dios que en los holocaustos.”

Dios no está buscando nuestros más extravagantes despliegues de ofrendas y sacrificios. Él ama la obediencia, pero si hacemos lo correcto con la intención incorrecta, solo como si estuviéramos llenando los casilleros de un cuestionario de actos religiosos, nada de esto complacerá a Dios. Él anhela la buena intención del corazón, la respuesta del corazón que le muestre a Dios que lo amamos y queremos hacer lo que a Él le agrada y lo honra.

Dios busca corazones fieles y puros que vengan ante Él con un espíritu de humildad y arrepentimiento. Él busca lo real y genuino, no rutina; fidelidad, no apariencia.

Cuando tenemos la postura de un corazón humilde que honra a Dios, le estamos diciendo a Él: “es un honor hacer aquello de lo que te agradas, porque eres digno de todo lo que tengo para ofrecerte, y mucho más.”

Hablamos el idioma del amor de Dios cuando venimos ante Él con corazones fieles, puros, y humildes. Esto es en lo que se deleita Dios.

Andrea

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