La Verdadera Libertad

He tenido varios trabajos, algunos pagados y otros no. El  trabajo remunerado más extraño pero probablemente más divertido, fue el de intérprete viviente de historia en un museo. Para este trabajo me vestía e intentaba hablar como una dama georgiana que vivía en el año 1776.

Cuando nos enfrentamos con circunstancias laborales difíciles, podemos pensar que tener que trabajar (tanto en los trabajos remunerados como en el hogar) es el resultado del pecado que entró al mundo. Génesis 2 claramente nos muestra que este no es el caso. En el versículo 7 Dios sopló vida en Adán, después en el verso 8 el Señor generosamente creó un lugar fructífero para Adán en el Edén, y lo puso allí para “cuidarlo y mantenerlo” (v 15).

El trabajo, en sí mismo, no es algo malo. Podemos vislumbrar esto cuando las cosas van bien, cuando  nuestro trabajo parece valer la pena, o cuando nuestros esfuerzos son apreciados. Pero la verdad es que el trabajo suele ser duro. Se hizo difícil y las relaciones son tensas como resultado de la caída (veremos esto más adelante en este estudio) . Génesis 2 nos recuerda que nuestra actitud hacia el trabajo debe ser positiva. Anímate con Colosenses 3:23 “Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el SEÑOR y no para los hombres”.

Además de darle a Adán un trabajo, Dios le dio un mandamiento: que comiera libremente del fruto de todos los árboles a excepción de uno: el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. A Adán se le dijo que la consecuencia de comer de ese árbol sería la muerte.

A menudo nos enfocamos en el árbol del que se le prohibió a Adán comer y, dadas las consecuencias para todas nosotras, es correcto que lo hagamos. Sin embargo, también debemos recordar la abundancia de árboles de los cuales Adán podía comer libremente. “El SEÑOR Dios hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer”.  (Génesis 2:9). Hoy también podemos caer en el error de enfocarnos en lo que no podemos hacer en lugar de la abundancia de buenas oportunidades que se nos han dado.

Él Señor dio este mandamiento a Adán para su bien, para preservar su vida. Lo mismo pasa  con Sus mandamientos para nosotras. Como leemos en Salmos 19, ¡son para nuestro bien, ya que nos proveen sabiduría e intuiciòn, son confiables y justos, ¡e incluso nos hacen gozosas!  

¿Piensas de esta forma sobre los mandamientos del Señor? A menudo pensamos que la libertad viene de hacer nuestras propias reglas cuando, realmente, la libertad viene de vivir de acuerdo a los caminos amorosos del Señor.

Imagínate que es anunciado que todas las reglas de tránsito se eliminan mañana. Ya no estarás sujeta a las muchas leyes con las cuales se restringe lo que puedes y no puedes hacer con tu propio vehículo mientras manejas de un lugar a otro. Serás libre de escoger la velocidad con la cual viajas y el lado de la carretera por el que conduces. Puedes escoger la luz del semáforo que te indique que pares o que sigas. Te podrás estacionar donde quieras. ¡Me parece perfecto! No habrá remisiones ni multas, ¡las carreteras de una vía siempre irán en mi dirección!

Pero el problema es que todos los demás también son libres de hacer sus propias normas de conducir. Rápidamente te darás cuenta de que ir de un lugar a otro no es fácil, ya que tendrás que sortear a todos los demás usuarios de la carretera y sus propias “normas”.  Manejar sería mucho más peligroso, al igual que caminar cerca de la carretera. ¡Sería un caos!

La libertad de manejar viene cuando todos sabemos y seguimos las reglas que nuestro país ha hecho. Así es con nuestras vidas. La libertad viene cuando escuchamos y obedecemos a nuestro maravilloso Padre Celestial, quien es perfecto, quien nos ama, y ¡quien nos conoce mejor que nosotras mismas!  Él desea lo mejor para nosotras y nos da mandamientos para nuestro bien, para traernos justicia, gozo, sabiduría, perspicacia, y una guía moral.

Mientras buscamos hoy vivir lo que el Señor en amor nos ha mandado, recuerda la provisión abundante del Señor para ti. Asombrosamente, somos bendecidas mientras escogemos responder a Su amor en obediencia con confianza.

Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace  (Santiago 1:25)

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