El sufrimiento de Cristo

El hecho de que Dios no rescató a Jesús de la cruz es una de las verdades más difíciles de aceptar. Jesús soportó voluntaria y obedientemente lo inimaginable para que nosotras no tuviéramos que hacerlo. No había atajos a la cruz ni apaciguamiento del dolor que nuestro Señor tuvo que sufrir.

La verdad es que Cristo sufrió en la cruz. Fue burlado y ridiculizado al morir. Los sueños y esperanzas de cientos de personas murieron con Él ese día. Sueños de un mañana mejor. Esperanzas por el Mesías tan esperado. Se acercaban mejores días, simplemente lo sabían. Estaba comenzando un nuevo reino. La espera, la anticipación y generaciones de oraciones finalmente fueron respondidas, o eso creían. Y luego Jesús murió sin piedad. Y sus esperanzas y sueños murieron con Él.

Hay una doctrina falsa que ha sido ampliamente aceptada en muchas de nuestras iglesias que enseña que cuando estamos en la voluntad de Dios para nuestras vidas, todo estará bien. Seremos felices, saludables y exitosas. Sin embargo, cuando miras la vida de Cristo, no vemos que eso sea cierto. Cristo sufrió y murió y esa fue la voluntad de Dios. Debemos crecer en nuestro entendimiento y fe en Dios y Su bondad para aceptar la verdad de que estar en la voluntad de Dios no siempre es un lugar “feliz” para estar. Puede que no siempre se “sienta” bien y muchas veces no parezca “exitoso” para el mundo de los espectadores. A veces, estar en Su voluntad significa sufrir. A veces significa que se burlarán de nosotras, como de Cristo en la cruz. A veces significa que seremos incomprendidas. Otras veces significa que aquellos que tienen el poder de defendernos y detener las injusticias que suceden, no lo hacen. Y sin embargo, incluso en esos tiempos oscuros, incluso en los pecados de las acciones o inacciones de otros, Dios tiene el poder y la capacidad de producir bondad.

Vemos esta verdad claramente en Marcos 15:25-27. Incluso mientras estaba muriendo, Cristo todavía estaba dando gloria a Su Padre. Pudo haber elegido estar enojado, arremeter contra aquellos que lo clavaron en la cruz. Pudo haber devuelto insultos a quienes se burlaban de Él. Pudo haber llamado a los ángeles del cielo para darles a los responsables lo que se merecían. Podría haber cuestionado el amor de quienes se sentaron y lloraron en silencio cerca. Podría haber reaccionado con odio y venganza.

Y, sin embargo, no lo hizo.

En cambio, Jesús eligió extender el perdón para aquellos que lo habían clavado en la cruz. Siguió pensando en los demás y en el futuro que tendrían sin Él físicamente en sus vidas, y se aseguró de que fueran atendidos. Al elegir amar en lugar de odiar, Jesús reveló quién era Él: el Hijo de Dios. Al hacerlo, uno de los ladrones vio por primera vez quién era Jesús y le dio su vida. Mientras el mundo veía la derrota, Dios ya estaba presenciando la victoria.

Nosotras, como cristianas, debemos entrenar nuestras mentes para pensar y ver la vida como Dios la ve. Debemos llegar a darnos cuenta de que gran parte del verdadero éxito cristiano aparenta ser una derrota. El morir a uno mismo. La entrega de nuestra voluntad a la voluntad de Dios. Recordar que el primero será el último y el último será el primero.

No te desanimes cuando el mundo se burla de ti como se burló de Cristo en la cruz. No podemos esperar que comprendan nuestras costumbres. Pero el hecho de que seamos burladas y ridiculizadas no significa que seamos quienes ellos ven que somos. Puede que nos vean como fracasadas, pero Dios nos ve como más que vencedoras.

Sí, Jesús fue ridiculizado, expuesto y murió en la cruz, pero ese no fue el final de Su historia. Y tampoco es el nuestro. Debemos dejar de mirar al mundo en busca de aceptación, validación y valor.

Debemos recordar que servimos a un Salvador RESUCITADO.

Aunque Su muerte física fue vista como una derrota, en verdad fue el mayor triunfo de la historia y exactamente de acuerdo con el plan de Dios.

Nada en el cielo ni en la tierra puede frustrar el plan redentor de Dios.

¡Ama a Dios grandemente!

Ángela

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