La fe que supera la vergüenza.

Me encanta la historia de Bartimeo en Marcos 10:46-52

Bartimeo era un hombre ciego, un mendigo sentado en el camino cuando Jesús y Sus discípulos pasaban. Bartimeo era un hombre cuya vida estaba marcada por la culpa. En ese tiempo, las discapacidades eran razones para excluir a las personas más que para cuidarlas. No solo eso, sino que el mendigar por comida y dinero no era una posición muy bien vista. Sin embargo, el Mesías, el Rey del mundo, vio a Bartimeo y escuchó su voz de entre la gran multitud. Muchos en la multitud trataban de callar a Bartimeo porque no consideraban que su voz fuera valiosa, pero Jesús se detuvo y dijo a Sus discípulos que permitieran al hombre venir a Él.

Jesús, aquel de quien viene nuestro socorro, vio a Bartimeo, un hombre marcado por la vergüenza y la ceguera, y Jesús lo sanó, y le dio una nueva identidad en Él. Bartimeo pasó de una vida de vergüenza a una vida en Cristo.

Lo que Jesús hizo por Bartimeo, también hace por nosotras. 

Cada una de nosotras tenemos historias únicas, con nuestras propias angustias y vergüenza. Todas hemos pecado y tenemos momentos que nos gustaría olvidar. Cuando dejamos que la vergüenza se salga con la suya en nosotras, cuando le permitimos ser la voz más fuerte en nuestra mente y corazón, le estamos permitiendo a Satanás mantenernos alejadas de una floreciente fe como la que llegó a tener Bartimeo.

¿Qué hacemos para luchar con la vergüenza que nos asedia?

Hebreos 12:2 dice: “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios.”

Fijamos nuestros ojos en Jesús y recordamos que Él también soportó la vergüenza. La vergüenza que Él soportó fue para darnos fe y vida eterna en Él. Su obra en la cruz pagó cada cosa mala que hemos hecho y cada cosa mala que nos hicieron. Él pagó por nuestra vergüenza y nos dio el regalo de la fe en su lugar, y así como Bartimeo, podemos intercambiar nuestra vergüenza por una vida en Cristo.

Uno de mis versículos favoritos en el libro de los salmos dice:

“Levantaré mis ojos a los montes, ¿De dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor que hizo los cielos y la tierra.” (Salmo 121:1-2)

Cuando la vergüenza acecha, cuando el mundo o la gente nos dice otra cosa, hagamos lo que hizo Bartimeo: miremos a Jesús. Clamemos a Él. Hagamos lo que hizo el salmista en el Salmo 121. Miremos al Monte en el Gólgota, y sepamos de dónde exactamente viene nuestro socorro: de Dios, el Creador del cielo y la tierra. Recordemos que el Salvador del mundo tuvo misericordia de nosotras y sufrió una muerte vergonzosa para quitar de nosotras esa vergüenza y ser hechas hijas del Dios Altísimo. Este es nuestro himno. Esta es nuestra canción. Es esa canción de fe que nos da libertad de nuestra vergüenza y libertad para vivir vidas arraigadas fuertemente en Cristo.

Querida hermana, que hoy tu fe sea más grande que tu vergüenza. Si no es así, que puedas descansar sabiendo que tu identidad en Él es más grande que cualquier otra cosa que trate de definirnos, especialmente nuestra vergüenza.

Brittany.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Iris Barrientos Rojas dice:

    No tendré vergüenza de mi enfermedad porque se que mi Señor Jesús me ama y me ha dado paz para sobrellevar esto.

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