Madurez Espiritual

Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios – Hebreos 6:1

Hay ciertas cosas que son súper tiernas de ver. Un pequeñito tratando de comer espagueti por primera vez, lo que termina llenando más su carita (y el piso) que su propia boca. O escuchar a un niño recitar el alfabeto. Pero si viéramos que esas mismas cosas las repite un adulto, no sería tan tierno. De hecho, sonaría un tanto torpe.

Hubo un tiempo en nuestras vidas cuando era aceptable no saber cómo hacer ciertas cosas. Era comprensible atravesar un período de gracia para aprender nuevas cosas, para captar conceptos básicos de la vida, para tambalear un poco mientras éramos orientadas.

En algún punto del camino tuvo que haber llegado la madurez, la responsabilidad de dejar atrás los rudimentos, para aferrarnos a las cosas más profundas que Dios nos tenía preparadas para aprender, descubrir y crecer en ellas.

Dios quiere que maduremos y crezcamos como creyentes en Cristo más allá de las cosas que aprendimos cuando nos convertimos en cristianos, sea que hayamos tenido cinco o cincuenta años.

A Dios no le preocupa que no siempre hagamos las cosas bien de primera. Él es paciente con nosotras, se deleita y se regocija a medida que crecemos espiritualmente. Él sabe que podemos aprender a diferente ritmo unas de otras, y nos ha enviado al Espíritu Santo para que nos enseñe y guíe en todas las cosas. El Espíritu Santo nos hará entender Su Palabra, y es entonces cuando la madurez espiritual se edifica y crece en nosotras. 

Hay tanto que Dios quiere enseñarnos, tanto que quiere colaborar con nosotras para hacer, para construir Su Iglesia, para alcanzar a los perdidos, para crecer en una relación más profunda con Él. Pero tenemos que protegernos de la tentación de permanecer cómodas, de no crecer más allá de lo básico.

Hay una disciplina espiritual en la que debemos participar que mantiene nuestro corazón y nuestro espíritu vivos y receptivos a Su voz. El poner en práctica las cosas básicas que Él nos ha enseñado, le permite comenzar a echar luz sobre cosas más importantes: alimento espiritual sólido, en lugar de solo leche; esto nos fortalecerá de adentro hacia afuera y nos preparará para hacer lo que Él nos ha llamado a hacer.

La verdad es que Dios tiene mucho más por hacer en nosotras. Vivimos días como nunca antes se había visto en la tierra, y requerirá un discernimiento y una sabiduría que nunca antes habíamos tenido. Dios está buscando a hijas con fortaleza espiritual que puedan manejar la Palabra de Dios con habilidad, sabiduría y amor. Esto requiere práctica. Se necesita madurez.

Seamos maduras en nuestra forma de pensar. Crezcamos en las cosas de Dios y no dejemos que nuestros oídos se aburran de escuchar Su voz, Su verdad. Los días que estamos viviendo son costosos. Este no es el momento de permitir que nuestra fuerza espiritual decaiga.

Dios está buscando creyentes fuertes y saludables, como tú y yo, para que andemos (como dice Colosenses 1:10) “como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios.”

Superemos la etapa elemental de nuestra madurez espiritual y seamos creyentes fuertes y fructíferas. No solo para nuestro propio beneficio y crecimiento personal, sino también para las personas que nos rodean, que están buscando la esperanza y la verdad que se encuentran solo en Jesús y en la Palabra de Dios.

Andrea

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