El mundo lo sabrá.

Los versículos de hoy nos llevan a la mesa en la que Jesús se sentó con los discípulos, esa tarde en la que fue arrestado. Sabiendo lo que Él sabía, conociendo lo que vendría y lo que iba a ser requerido de El, Jesus oro. El Oro para que pudiese terminar el trabajo que Dios le había encomendado, Dios sería glorificado y El retornaría a su eterna gloria en los cielos. Jesús, después oró por Sus discípulos, que ellos se mantuvieran santificados, seguros y apartados. En la sección de las Escrituras de hoy, Jesús también oró por nosotras, por los creyentes en todos los lugares que comparten el Evangelio con los demás con sus testimonios y unidad.

La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.- Juan 17:22-23

Es una oración hermosa que se hace aún más extraordinaria cuando pensamos en los hombres que se sentaron en esa mesa con Jesús. Jesús sabía quién lo traicionaría y quién lo negaría. Sabía quién dudaría de la autenticidad de la resurrección hasta que pudieran ver y sentir la prueba. Y Jesús sabía que tendrían que escuchar lo amados que eran y lo amados que somos.

Hace unas semanas, me senté con mi hija en su habitación mientras ella compartía sobre algunos desafíos que estaba teniendo con una niña en su clase. Se estaban diciendo palabras malas, ambas se sentían excluidas y estaban navegando por las reglas difíciles (y poco realistas) de la escuela primaria que hacen que las niñas de segundo grado piensen que solo pueden ser amigas con una persona a la vez. Después de escuchar y compartir algunas de mis propias historias de luchas de amistad, pregunté si podíamos orar por la otra niña.

No esperaba la reacción de mi hija. Ella estaba devastada. Mientras fluían las lágrimas, admitió que le encantaría que yo orara, pero no por la chica que estaba siendo mala. En su mente, sentía que estaba eligiendo creerle a la otra niña, que me importaba más su compañera de clase porque, en su dolor, no podía ver más allá de sus propias necesidades.

¡La resurrección lo cambia todo! Ya no somos enemigas de Dios, sino mujeres amadas como Jesús fue amado. Somos incluidas y llamadas y nos mantenemos en oración sin dudarlo. Podemos experimentar la alegría y la libertad que proviene de elegir la unidad sobre la discordia porque tenemos una perspectiva eterna. Sabemos que la eternidad con Jesús vale más que tener favoritos, pelear o alimentar nuestro orgullo. Podemos orar por aquellos que nos decepcionan o hieren nuestros sentimientos porque sabemos cuánto más sacrificó Jesús por nosotros, y es nuestro amor el mejor testimonio.


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