Cuando no conocemos el final

Recientemente he comenzado a ver una serie de televisión que había comenzado varios años atrás. Había visto las primeras dos temporadas y media, dejando en la mitad de la tercera porque estaba aburrida (claramente, la abandoné justo antes de que se pusiera interesante).

Había visto un episodio o dos de la temporada cinco, así que sabía que la historia continuaba, y que los protagonistas principales vivían (el programa se centra en asesinos en masa y misterios del FBI, por lo que la amenaza de muerte es inminente en cada episodio).

Mientras volvía a ver la serie, justo en el medio de la temporada tres, ¡la protagonista principal murió!

¡Murió!


Estaba completamente confundida porque la había visto viva y sana en episodios posteriores (Fingió su muerte para escapar del chico malo, ya conoces cómo es). Si no hubiera visto esos episodios posteriores, habría creído que estaba muerta. Habría observado con mucha más expectativa y mucho más miedo, confundida e insegura de cómo resultarían las cosas. Como sabía que ella estaría bien, pude ver los giros y vueltas en la trama y captar las pistas, anticipando el desenlace.

Tenemos una perspectiva drásticamente diferente cuando conocemos el final mientras estamos en el principio o el medio. Los conflictos no parecen ser tan graves, la tragedia no es tan profunda y el miedo siempre se racionaliza con: “Bueno, sé que está viva en la próxima temporada, así que esto no puede matarla”. Aunque hay giros y vueltas, aunque pueda estar confundida o temerosa del resultado, sé que, en última instancia, mi personaje favorito vivirá para ver otro día.

Nuestra fe es así. Si bien es posible que no podamos ver el final del episodio en el que nos encontramos, sabemos el final definitivo. Sabemos que tenemos un Redentor que ha conquistado la muerte, resucitado y que viene a darnos la vida eterna.

Desde la fundación del mundo, esta ha sido la historia de la fe. Dios ha revelado el final: que un día enviaría un Mesías, un Redentor, que libraría al mundo del pecado y la muerte y nos concedería la vida eterna. Los israelitas se aferraron a esta esperanza, expectantes de un Salvador y un Mesías que vendría a salvarlos. Conocían el principio y el final, pero no tanto el medio. Murieron, creyendo que Dios un día enviaría a Su Redentor al mundo para salvarlos y limpiarlos de su pecado. Fueron salvados por su fe en lo que estaba por venir.

Se la pasaron ofreciendo sacrificios a Dios, pero estos sacrificios solo estaban destinados a ofrecerles expiación por un tiempo. Tenían que ser ofrecidos año tras año, recordando continuamente a la gente que la redención se acercaba.

Jesús cambió todo esto. Su muerte en la cruz fue el sumo sacrificio necesario para salvar la humanidad del pecado. Debido a la naturaleza eterna de Jesús, Su sacrificio cubre el pecado por la eternidad, a todos los que depositan su fe en Él.

Si bien, al igual que nosotras, las personas que vivieron antes de Cristo eran salvas por fe (Hebreos 11), nosotras tenemos el gran privilegio de vivir después de la resurrección de Jesús. Podemos colocar nuestra fe en la vida, muerte y resurrección de Cristo. La gloria de Su promesa y Su redención se nos da a conocer a través de la Palabra de Dios y a través del testimonio de los creyentes que vinieron antes que nosotras ¡Conocemos el final! Más que eso, los detalles del medio son más claros para nosotras de lo que lo fueron para aquellos que vinieron antes de nosotras.

Conocemos el objeto de nuestra fe: Jesucristo. Qué maravillosa verdad, que aunque la obra de Cristo fuera anunciada antes de la fundación del mundo, nosotras tenemos el privilegio de vivir de este lado de ella.

Podemos depositar nuestra fe en Dios sabiendo que la obra de redención es completa. Y aunque la obra de nuestra justificación está completa, vivimos en la tensión del “ya, pero no todavía”. La obra de salvación y redención de Cristo ya está completa, pero nuestro mundo todavía está roto.

Todavía enfrentamos dolor, persecución, juicios, dificultades y muerte. La obra final de Cristo está por venir. El final de la historia es seguro, que Cristo volverá, derrotará a Satanás y establecerá Su reino en un cielo nuevo y una tierra nueva, pero los detalles de nuestras vidas y circunstancias aún se están desarrollando. Sabemos el final, que nuestra eternidad está segura en Cristo, pero no estamos seguras de cómo concluirá esta temporada.

A menudo me resulta mucho más fácil confiar en Dios para mi eternidad que para mi circunstancia actual. Pienso que el Dios que tiene poder de crear los cielos y la tierra, resucitar a los muertos y crear vida, no es lo suficientemente poderoso como para proveer a mis necesidades financieras o satisfacerme en épocas de soledad. ¡Me distraigo tanto por el estado actual de mi vida que olvido que la victoria ya se ha ganado!

En esta temporada de Cuaresma, sigamos enfocándonos juntas en el poder de la resurrección de Cristo y lo que eso significa para nosotras todos los días.

¡Ha resucitado! ¡Nada es imposible para Él! Mientras confiamos en Él para nuestra eternidad, confiemos también en Él para nuestro presente

Melissa

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Acompañamos en oración por el mundo y por las personas afectadas por el Coronavirus. Sabemos que Dios tiene el poder y a Él toda la gloria!