La mentira de la culpa y la vergüenza

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Una de las cargas más pesadas que las mujeres cargan es la de la culpa. La mayoría de nosotras conocemos el peso de la culpa y la vergüenza. A veces se debe a algo que hemos hecho y otras es a causa de algo que otros nos han hecho. ¿Con qué frecuencia has hecho algo de lo que te avergüenzas y has sido abrumada por la culpa? ¿Y con qué frecuencia hemos llevado esa carga durante días, semanas o incluso años?

Una mentira que todas creemos a menudo es que la vergüenza y la culpa son una forma de castigo de Dios. Que quiere que llevemos la carga de la culpa como una forma de penitencia porque hemos sido malas. Pero esto está muy lejos de la verdad.

Hay dos clases de culpabilidad de las que los teólogos hablan y que todos enfrentamos:

  1. Sentido de culpa

Esta es una verdad incómoda. Si hacemos algo mal, debemos sentirnos culpables por ello. Debería sentir la dolorosa punzada de culpa en los días en que soy cruel con mis palabras y mi tono hacia mi familia. Debería molestarme. Mi conciencia debería golpearme y hacerme saber que ese tipo de comportamiento no está bien. Cuando somos groseras, descorteses, implacables, duras, crueles, egoístas, perezosas, orgullosas, inmorales (la lista podría continuar, pero creo que entiendes el punto), no estamos honrando ni glorificando a Dios ni actuando de una manera que sea coherente en alguien que ha sido salvada del juicio y la ira de Dios. La consecuencia natural del pecado en la vida de un creyente es la convicción sentida de que hicimos mal.

Si bien el comportamiento impío o el mal deben traer consigo el sentimiento de culpabilidad, ese sentimiento tiene un propósito más allá de sí mismo.

El propósito del sentimiento de culpabilidad es afligirnos por nuestro pecado, movernos a buscar la gracia de Dios que perdona y restaura, y esforzarnos por caminar en el camino de la santidad. Esta culpa es un regalo, no un castigo. Es una ayuda para el creyente que responde bien.

 

  1. Culpabilidad real

Sentir la culpa es una experiencia de convicción interna. La culpabilidad real es un estado espiritual de estar condenado por nuestros crímenes.

David Platt señala que, desde el comienzo del Antiguo Testamento, Dios está librando constantemente a su pueblo de la vergüenza y restaurando su honor. Como cuestión de hecho, la primera promesa en la Biblia es una promesa de liberación después de que Adán y Eva pecaron (Génesis 3:15).

Esa promesa se cumplió en la colina del Gólgota, donde Dios tomó nuestra culpa y vergüenza y la colocó sobre Jesús.

 

Me encanta la canción que dice…

 

¡Oh Cristo, qué cargas inclinaron tu cabeza!

Nuestra carga fue puesta sobre ti;

Tú te mantienes en el lugar del pecador,

Soportaste todo mal.

Una Víctima guiada, Tu sangre fue derramada;

Ahora no hay nada para mí.

Escrito por Anne Cousin 1864-1906, cantado por Amanda Greene

 

Nuestra verdadera culpa ante Dios es la que Jesús tomó sobre sí mismo en la cruz. Esto significa que, en el nivel más profundo, ya no somos culpables ante Dios. Podemos sentir esos remordimientos de culpabilidad cuando hacemos algo mal a lo largo de nuestro día y nuestra vida, pero en última instancia esa vergüenza y culpa NO PUEDEN condenarte. Tu rescate ha sido pagado, tus pecados perdonados, tu culpa eliminada y tu vida restaurada.

No creas en la mentira de que la culpa y la vergüenza que experimentas son un castigo de Dios. Jesús ha sido castigado en tu lugar.

En cambio, la vergüenza y la culpa que experimentamos son consecuencias naturales por hacer algo que no deberíamos haber hecho. Debería ser un recordatorio de que no somos perfectos, sino que tenemos un Salvador perfecto que no solo fue castigado por ese pecado, sino que está allí para darnos el poder de vencer, crecer y cambiar.

“Por tanto, ahora no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús. “

Romanos 8: 1

Este es un verso grandioso y poderoso que debemos saber por dentro y por fuera para que podamos luchar contra esa mentira, que la vergüenza y la culpa son nuestro castigo. No solo nuestra pizarra ha sido limpiada, sino que permanece limpia debido al hermoso e inmerecido sacrificio de Jesús.

Mirando a Jesús,

Jen

Traducido por Joanna Pérez de Merino

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