Reconociendo y Resistiendo el Pecado de la Parcialidad

S02-D03

Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.- Santiago 2: 1

Nos erguimos y lo negamos rápidamente. Nunca podríamos ser nosotras.

Favoritismo.

Prejuicio.

Discriminación.

“Seguramente yo no”, susurramos en voz baja mientras nerviosamente nos movemos, nos inquietamos y miramos hacia otro lado mientras tratamos de evitar la conversación.

Pero por mucho que queramos barrerlo bajo la alfombra, es un problema que necesita abordarse desesperadamente. Lamentablemente, la Iglesia de hoy está plagada de los mismos vicios de aquellos  días de Santiago, los que permitieron que sus preferencias personales con respecto a los demás superaran al amor. ¿El problema? Santiago se refiere a estos hermanos diciendo que se preocupan más por su propia gloria que por la gloria del Señor, y que a menudo nosotras no somos diferentes.

Nuestra carne clama para estar alineada con aquellos de elevada posición social, elevada belleza y elevada influencia. Pero oh, cómo se llena mi corazón de humilde convicción cuando recuerdo que mi Jesús no era ninguna de estas cosas ante los ojos del mundo. De hecho, Él era exactamente lo opuesto. Era un hombre sin reputación, que se hizo a sí mismo nada asumiendo la naturaleza de un siervo (Filipenses 2: 7). No tenía belleza física que nos atrajera hacia Él, y fue despreciado y rechazado por los hombres (Isaías 53: 2-3)… hasta la muerte.

Jesús se rebajó.

Lo suficientemente bajo como para dejar las glorias del cielo de ser completamente Dios, para ser completamente hombre.

Lo suficientemente bajo como para reclamar un establo como su habitación de parto; un pesebre como su primera cama.

Lo suficientemente bajo para tocar al leproso, cenar con el recaudador de impuestos y extender la gracia a la adúltera.

Lo suficientemente bajo como para lavar los pies de los discípulos.

Lo suficientemente bajo como para recibir el látigo, las palizas y los clavos en nuestro lugar.

Lo suficientemente bajo como para darnos Su espíritu y ser enterrado.

Bajo… ¡para que finalmente pudiera alzarse triunfante!

¿Tomar la forma de un sirviente para amar a los que son rechazados por el mundo? No hay una posición más bella. Así es como caminamos en los pasos de nuestro Salvador: agachándonos y humillándonos bajo la poderosa mano de Dios para que en el momento apropiado Él nos levante (1 Pedro 5: 6).

Para las que el mundo etiqueta como rotas y abandonadas, Dios dice que las visitemos en su aflicción.

Para las que el mundo llama pobres e indignas, Dios dice que le prestemos atención y honor.

A las que el mundo dice que despreciemos, discriminemos y desmoralicemos, Dios dice que las amemos como a nosotras mismas.

Debido a la cruz, la misericordia triunfa sobre el juicio.

¿Estás atrapada en el pecado de la parcialidad? No esperes un minuto más para confesarlo, humillarte y amar como Jesús hoy.

Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis. – Santiago 2:8

A sus pies,

Whitney

 

Hablemos: ¿a quién podrías estar excluyendo por tu acción, inacción o actitud? HOY, ¿cuál es un paso que puedes dar para extenderle la gracia y el amor de Dios?

Traducido por Joanna Pérez de Merino

 

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