Su obra redentora

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Mi bebé recién nacida abrió los ojos y me miró fijamente.

Parpadeó para intentar acostumbrarse a la luz en la habitación.

Yo parpadeé en un intento de retener las lágrimas que amenazaban con caer.

Era hermosa.

Era pequeña.

Era mía.

Ahora era mama – una joven mamá. De diecinueve para ser exactos.

Como madre soltera en mi primer año de universidad, luché con la idea del amor de Dios por mí y de creer realmente en el amor de Dios por mí.

Un examen de embarazo positivo diez meses antes había hecho salir algunas realidades en mi vida, una de ellas el sentimiento de mi falta de valor. La había liado. Había decepcionado a las personas que amaba. Iba a ser madre en una temporada de mi vida en la que se suponía que debía terminar mi tiempo de juventud.

Ya no era la “buena chica”.

Y me preguntaba, a veces en voz alta, si Dios todavía me amaba.

El dolor se mezclaba con un poco de sorpresa, un montón de remordimiento y demasiada incertidumbre que me hacía alejarme del amor, la redención y la gracia de Dios. Me sentía como si hubiera viajado a los confines de la tierra y estuviera allí sola, en la oscuridad y el frío. Aunque siempre había creído que Dios me amaba, durante los días de mi recién estrenada maternidad, no lo sentía así.

Pero, aparentemente, durante uno de esos momentos solitarios, oscuros y fríos, busqué en mi Biblia seguridad del amor de Dios por mí. Toda mi vida me habían enseñado a creer que Dios me amaba sin importar qué. Tan solo quería una prueba de ello. Necesitaba un recordatorio de que podía descansar en la realidad de Su amor en mi vida.

Encontré un versículo de seguridad y lo escribí en una hoja de papel. Ese versículo se convirtió en cinco, después con el tiempo, se convirtió en dos páginas de versículos que me recordaban que Dios me amaba. Llevaba esas hojas conmigo todo el tiempo, dobladas en el bolsillo, en mi bolso o en la mochila.

Recientemente pensé en esos pedazos de papel y los busqué en una caja. Estaban intactos aún a pesar de estar amarillentos por el tiempo. Recuerdo ahora qué duro era aceptar el amor de Dios por mí cuando sentía que no lo merecía.

Pero esto es lo que recordé al permitir que la Palabra de Dios me recordara la verdad – Dios se dio a Sí mismo pare redimirme de cada obra de la ley.

Las pequeñas.

Las grandes.

Cada una de ellas.

Ahora sé que, sea que seamos nuevos creyentes o que hayamos sido cristianos por tiempo, necesitamos Su amor redentor cada día. Pero debemos aceptar ese amor y vivir a a luz del sacrificio de Cristo por nosotras. A veces eso significa caminar con Él en obediencia en las pequeñas cosas. Otras veces significa aceptar Su amor y perdón mientras buscamos recuperarnos de las consecuencias de nuestro pecado.

En cualquier caso, la obra de Dios en nosotros es una obra de santificación. Él nos enseña a medida que caminamos con Él y estudiamos la verdad de Su Palabra (Juan 17:17), lo que significa ser santo, ser apartado como sagrado y consagrado a Sus propósitos.

Tenemos que escoger creer que Su obra redentora todavía está en acción en nuestras vidas – sin importar lo lejos que pensemos que nos hemos ido. Y a medida que creemos y actuamos conforme a esa creencia, Él nos cambia.

La clave es creer.

Cree que eres amada – porque lo eres (Jeremías 31:3)

Cree que Dios redime – porque lo hace (Gálatas 3:13)

Cree que Dios producirá buenas obras en ti – porque Él puede (Filipenses 1:6)

Y sin importar tu pasado o lo que estés enfrentando en Él presente, cree que Dios nunca deja de dar Su gracia, misericordia y compasión.  La obra redentora de la cruz está disponible para ti y para mí cada día.

Años después, esa niña es ahora una adulta con una familia propia. Aunque recuerde mis luchas de mi juventud, eso no define mi vida – la obra redentora de Dios lo hace. Mi vida está marcada por Su bondad, Su amabilidad, Su misericordia y Su amor inagotable. Y sé sin duda alguna que Él hace hermoso al quebrantado porque yo lo he visto en mi vida.

Busca la verdad de la Palabra de Dios. Escoge creer lo que dice sobre cómo te sientes. Entonces, actúa como si realmente creyeras que Su Palabra es verdad.

Todo por Él

Crhystal Evan Hurst

 

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