Gloríense en el Señor

S4D3

“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor. –  1 Corintios 1: 26-31  

Iba a ser uno de esos domingos por la mañana.

Tú sabes cuales.

Después de levantarnos un poco demasiado tarde y lograr pasar velozmente por  seis duchas en un tiempo récord (si tienes suerte, te toca la mitad superior del calentador y te bañas con agua caliente), vetando los pantalones para-saltar-pozos de un muy niño crecido que fue enviado de regreso para un cambio de ropa de último minuto, terminando las peleas entre hermanos y arbitrando entre pobres niños que tenían que sentarse en el asiento detestado de la parte trasera de la mini van, nos deslizamos en el banco de atrás justo cuando la música empezó a tocar. Clavé la mirada en las filas abarrotadas delante de nosotros.

¿Cómo esta gente logra salir adelante y parece que tienen todo bajo control semana tras semana?

Mi amigo al otro lado del pasillo sonrió y saludó, y le respondí con la mejor “sonrisa de iglesia” que pude hacer mientras gotas de sudor goteaban lentamente por mi espalda. Cuando el piano empezó a tocar, deseaba desesperadamente preparar mi corazón para la adoración. Yo quería tener todo bajo control  y dar lo mejor de mí a Jesús. Pero todo en lo que podía pensar era en la impaciencia, la ira y las palabras duras que habían secuestrado nuestra mañana.

Los quince minutos de trayecto hacia la iglesia nos habían humillado. Ofrecimos disculpas y otorgamos perdón ampliamente. Pero al sentarme en ese banco – vestida con nuestra ropa de domingo y tratando de fingir como si nada hubiera sucedido – me dio la sensación de ser  una impostora.

Estamos quebrantados. 

Con nuestra Biblia abierta en 1 Corintios 11, los diáconos se dirigieron a la parte delantera para pasar el pan y la copa. ¡¿Señor, comunión … hoy precisamente entre todos los días?! Al instante me sentí tan indigna.

Tonta.

Débil.

Humilde.

Quebrantada.

En mi orgullo, yo hubiera querido que nuestra familia caminara a través de las puertas de la iglesia esa mañana luciendo como si tuviéramos todo bajo control. Yo quería ser fuerte en lugar de débil. Yo quería estar pulcra en lugar de desmoronada. Quería sentirme cómoda  esa mañana de domingo – y todos los días para el caso – sintiéndome bien conmigo misma y con todo lo que había logrado. Pero la iglesia no es un lugar perfecto lleno de gente perfecta.

De hecho, es todo lo contrario.

Es un lugar para que el enfermo pueda venir y encontrar esperanza – no en su propia sabiduría,  estado, o rendimiento – sino en la persona y obra de Jesús.

Es el lugar donde la verdad de quién es Él triunfa sobre nuestros defectos y fallos; donde lo adoramos por la profundidad de Su perdón y el renuevo de Sus misericordias.

Es el lugar donde los quebrantados son bienvenidos y donde los cansados pueden encontrar descanso; donde Su sabiduría reina sobre la dureza de nuestros corazones y sobre las grandes voces del mundo.

Es el lugar donde una vez más encontramos el  final de nosotras mismas a los pies de la cruz, humilladas por Su sacrificio y sorprendidas por Su poder transformador en nosotras.

Es el lugar donde podemos ser  llenas para salir y proclamar a un mundo perdido que no somos nosotras – sino Él -Quién ha hecho todo.

Sabio.

Fuerte.

Exaltado.

Completo.

Este es Cristo. ¡Aleluya, este es Cristo en nosotros!

Es debido a Él que estamos en Cristo Jesús. Y el que se gloríe que se gloríe en el Señor …

A sus pies,

 

Whitney

 

Hablemos: ¿En qué áreas eres tentada a presumir de ti misma en lugar de dell Señor? Al igual que Pablo, ¿dónde te está llamando Dios a hablar y con audacia hacer más para Él?

 

 

Traducido por Joanna Pérez de Merino

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