Adorando y sanando

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El pasaje de hoy nos habla de dos grandes cualidades necesarias en la vida de un buen discípulo: gratitud y adoración. Y es que van de la mano porque un corazón agradecido es un corazón que alaba.

En esta historia vemos a 10 leprosos, personas con una enfermedad muy desagradable y contagiosa. Quien la padecía era separado o apartado de la comunidad. Vivian en un completo aislamiento de su familia y amigos. Nadie quería ni podía estar cerca de ellos, mucho menos tocarlos. Es por ese motivo que estos 10 hombres, al ver pasar a Jesús cerca del lugar donde estaban, manteniendo la distancia necesaria, le ruegan a gritos que tenga misericordia de ellos. Habían escuchado de Jesús seguramente y pedían a gritos por un milagro. Gritos desesperados de dolor, de sentirse aislados y rechazados por mucho tiempo. ¿Has estado en ese lugar alguna vez, clamando a Dios por un milagro?

Jesús les manda se presenten delante de los sacerdotes; esto era necesario para ser declarados limpios según la ley dejada en Levítico 14:2-32. Ellos le creyeron a Jesús, le obedecieron. Todos fueron a presentarse delante de un sacerdote y cuando estaban de camino es que el milagro se produce. La lepra desaparece y los 10 hombres ven con sus propios ojos el milagro por el cual habían clamado. ¿Has estado en ese lugar, has visto de primera mano un milagro de Dios?

Uno solo de ellos, al verse sano regresó donde estaba Jesús. ¡Volvió alabando al Señor a grandes voces! Gritando de desesperación pidió un milagro, gritando de gozo por el milagro recibido alababa a Dios. Volvió a agradecer a quien tuvo el poder para sanarlo, a quien lo había sacado de su aislamiento y dolor. Se postró a los pies de Jesús, adorando y agradeciendo al único que es digno de adoración. Su corazón estaba profundamente agradecido y un corazón agradecido es un corazón que alaba.

Jesús se sorprende, el único hombre que vuelve a agradecer es un samaritano, un extranjero. Los samaritanos eran rechazados por los judíos por no ser políticamente correctos en sus formas de adorar.  Sin embargo, fue un samaritano (y no un judío) quien adoró al Señor en la forma y actitud correctas. No solo recibió sanación sino también salvación.

Señor, ayúdame a tener esta actitud ante la vida. Ayúdame a ser agradecida por cada milagro que has hecho en mi vida. Gracias porque has derramado de Tu gracia y misericordia sobre mí. Gracias porque nada merecía pero Tú lo has dado todo por salvarme. Que la gratitud y alabanza puedan brotar de mis labios todos los días, esperando con ansias tu regreso.

 

De una pecadora perdonada.

Natalia Gómez

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