De un corazón y un alma

 

La tierra de la “eterna primavera” nos recibía envolviéndonos en sus ricos vientos esa tarde de enero. Llegamos a Guatemala, al Seminario Teológico Centroamericano, en el cual mi esposo se embarcaría en su licenciatura por 4 años. Lo primero que llevábamos en nuestro corazón era buscar una iglesia local donde pudiéramos ser acogidos, ser alimentados y crecer.

Después de visitar algunas iglesias y de orar, encontramos la nuestra. Un lugar donde recibimos la Palabra, convivimos y palpamos el amor y el cuidado de Dios. Un lugar donde servimos a Dios con libertad y gratitud.

Recuerdo una de tantas veces en las que vimos y recibimos la gracia de Dios a través de nuestros hermanos en Cristo en medio de nuestro dolor y angustia, de nuestra escasez…

Mi pequeño hijo Mauricio, y lo recuerdo con lágrimas en los ojos, ese día gris, convulsionó sin fiebre. Sus ojos se perdían entre nuestra desesperación. No tenía reacción alguna, lo tomé en mis brazos y entré junto con él bajo la ducha y no reaccionó… no se movía, sus ojos seguían abiertos, perdidos.

Por gracia de Dios, volvió poco a poco en sí y todo después fue normal… Debíamos hacer un examen de su cerebro. ¿Cómo podíamos pagar, pues a duras penas sobrevivíamos con la ofrenda que nos mandaban de la iglesia en nuestro país?

Estábamos desechos y embargados en la preocupación. Recibimos una llamada de mis hermanos de mi iglesia local. La hermana me decía que tenía al mejor neurólogo pediatra de Guatemala y que ellos querían llevar a mi niño, sí, a mi pequeño, a hacerle el encefalograma y todos los exámenes requeridos. Sentí el abrazo de mi Padre, sentí las caricias de mi Pastor cuando la dulce voz de mi hermana me hablaba dándome esperanza y fortaleza. Alabé a mi Dios y brotó gratitud una vez más, por la familia que El nos había regalado.

mauricio

Mi pequeño Mauricito

“Y la multitud que había creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas las vendían y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.”

 

Hechos 4:32-35

En los tiempos posteriores a la muerte y resurrección de Jesús se levantó un pueblo con el fuego del Espíritu Santo, lleno de gracia y de fe. Eran verdaderos discípulos y tenían un mismo corazón. El corazón es el asiento de nuestras emociones como la tristeza, la alegría, el dolor; es decir, ellos sentían lo mismo, lo que sentía uno lo sentía el otro, lo que le dolía a uno le dolía al otro; también el corazón es el asiento de la voluntad, donde se toman las decisiones y nacen los pensamientos. Se ora con el corazón, se busca a Dios con el corazón, se ama con el corazón y ellos tenían un solo corazón: eran uno. No había división entre ellos. Servían al mismo Dios y su unidad era tal, que aún sus bienes materiales no los consideraban suyos, sino de todos.

Habían creído de todo corazón que sus vidas no les pertenecían a sí mismos, sino que se veían como una familia y cubrían todas las necesidades de los más débiles, de los más necesitados. Velaban unos por otros, se interesaban los unos por los otros, cumplían el sentir de Cristo.

Jesús había sido su inspiración: su amor incondicional lo había llevado a la muerte, lo había hecho menospreciar su propia vida, ¿cómo no renunciar a las cosas de este mundo?

La verdad de la resurrección de Jesús les había revelado la verdadera vida que no se basa en los placeres de este mundo, ni en vivir para la autocomplacencia, sino en el amor que se entrega, en la renuncia, en el gozo de servir y de ayudar, en la alegría de dar y convivir… Fueron vidas que lograron desprenderse de sí mismos motivados por el amor y el fuego del Espíritu Santo en sus corazones.

¿Cómo estoy yo viviendo la vida cristiana en mi iglesia local? ¿Estoy sintiendo la preocupación y la compasión ante el dolor del otro? ¿Mi corazón se conmueve al ver la necesidad de mi hermana y de mi hermano? ¿Permito que Dios me use dentro del convivir y comunión con los santos para su bienestar? ¿Cómo están mis relaciones dentro de la iglesia local en la que Dios me ha ubicado? ¿Estoy presta a dar mi tiempo, palabras de consuelo, a orar por otros, y aun a dar de mis bienes materiales? ¿Soy capaz de darme a mí misma sintiendo lo que Cristo sintió?

No solo recibí la noticia de que iban a pagar el doctor y los exámenes de mi hijo, sino que ellos mismos fueron con nosotros y nos consolaron y nos apoyaron y dedicaron su tiempo, nos dieron de lo suyo, voluntariamente; nos dieron su amor y su ternura, nos dieron con generosidad y bondad. Nos mostraron a Cristo, nos dieron a Jesús.

¿Estás dando lo tuyo y dándote a ti misma en la comunidad de la iglesia local? Pídele a Dios una oportunidad para que El te use hoy con tus hermanos en la fe.

edgar y winnie

Mis hermanos Edgar y Winnie

Karine

Parte de la comunidad de hermanos en la iglesia local de El Pan de Vida, Guatemala

Karine de Barrientos

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4 thoughts on “De un corazón y un alma

  1. Amén Rebeca! Dios nos enseña a ser canales de su gracia, de su servicio y de su generosidad dentro de la iglesia en la que él nos ha ubicado!!

  2. que lindo hermana karine conoser al verdadero DIOS porque podemos resivir sus bendiciones a travez de nuestros hemanos, y por el amor y union q el pone en sus hjjos los amo queridos hermanos con el amor del señor y sigamos adelante.

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