¡Ester, dile! ¡Dile ya!

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El otro día vi una película en donde había una muchacha sorda y por supuesto con dificultad para hablar. La muchacha tenía una madre que controlaba excesivamente a su hija sin dejarla avanzar en la vida aún con la limitación de la que padecía. Es más, cualquier intento de mejorar su condición de vida, su madre se lo negaba. Lo interesante de la película era que a medida que se desarrollaba cierta anticipación empezaba a crecer en los espectadores para que la muchacha se defendiera, abriera su boca ¡y dijera algo! Creo que esto mismo nos ha sucedido a nosotras en la historia de Ester. Hemos llegado a sentir la misma expectación que nos ha mantenido al borde de nuestros asientos, esperando y esperando que Ester hable. Ya casi podemos gritar desde nuestras casas “¡Habla Ester!”, “¡Habla de una vez!”

Déjenme darles una buena noticia. Al fin hemos llegado al capítulo decisivo en donde Ester habla de la sentencia que ella y su pueblo iban a enfrentar. Lee el capítulo 7 de Ester antes de continuar. ¿Ya leíste? Ahora miremos lo que leíste recién en el capítulo 7 verso 1-2: “El rey y Amán fueron al banquete de la reina Ester, y al segundo día, mientras brindaban, el rey le preguntó otra vez: Dime qué deseas, reina Ester, y te lo concederé. ¿Cuál es tu petición? ¡Aun cuando fuera la mitad del reino, te lo concedería! “ Si esta fuera una película estaríamos tirando las palomitas a la pantalla en estos momentos diciéndole a Ester, ¡dile! ¡dile ya!

Debemos notar que Ester no pasó por alto la oportunidad y finalmente expresa su petición. Esta vez, aunque parecieran ser la mismas palabras que usó en la primera cena, hay un pequeño detalle que no queremos pasar por alto. Recuerden lo que dijo en el capítulo 5:4: “Si le parece bien a Su Majestad”, ahora comparemos con lo que dice en 7:3: “Si he hallado gracia ante tus ojos, oh rey, y si le place al rey.”  Esta vez Ester le habló al rey en una forma más íntima y personal. En la cultura antigua esto tenía un significado muy grande.

Tal vez hoy día en la cultura que vivimos esto no tiene mucho peso. Pero si alguien me ha hecho algo malo y deseo que mi esposo lo tome personalmente, tal vez diría yo esto: “¿Te gustaría saber lo que esta persona dijo sobre tu esposa?” Este era más o menos el tono que usó Ester. Ella estaba utilizando la carta de esposa en esta ocasión y con mucha sabiduría. Después de todo Ester estaba a punto de revelar un detalle sobre sí misma que podría ser muy desconcertante para el rey Asuero.

Con mucha apreciación por lo que Ester tuvo que confesar y por su ruego en favor de su pueblo leamos los que nos dice el verso de Ester 7:4: “Porque a mí y a mi pueblo se nos ha vendido para exterminio, muerte y aniquilación.” ¡Finalmente lo dijo! El rey Jerjes se había casado con una judía y la había coronado reina del Imperio Persa. El rey no llegó a esta conclusión suavemente. Ester se encargó de enviarle un cañón. Cuando dijo: “a mí y a mi pueblo” estaba diciendo que ella y su pueblo eran uno. El destino de ellos era el mismo de ella. La reina sabía, estaba consciente de que el deseo del rey de proteger a su esposa por su propia dignidad podría ser su única motivación para retractarse de la sentencia que había dado. Una vez más, Ester escogió sus palabras con mucho tino.

Uno de los argumentos que Ester dio al rey fue bien planeado. Ella dijo v.4: “Si sólo se nos hubiera vendido como esclavos, yo me habría quedado callada, pues tal angustia no sería motivo suficiente para inquietar a Su Majestad.”  Amán y Ester reconocían que el rey Jerjes sólo estaba interesado en cualquier cosa que estaba centrada en él. Ester se acercó a la mesa a negociar con poca experiencia. Aún así Ester pudo conseguir lo imposible, la reversión de una ley irreversible. Por supuesto tú y yo sabemos que la razón para este triunfo fue la soberanía de Dios. No podemos negar que Dios utilizó la manera de Ester de manejar la situación: con tacto, feminidad, dulzura, inteligencia y con audacia. Esa noche en Persia el poder del Espíritu Santo estaba trabajando aunque Ester no lo sabía.

¿Cuándo fue la última vez que el Espíritu Santo intervino en alguna situación tuya? Te diré que El lo hace continuamente en mi vida. Tengo que decirte que no hay mejor persona a la que podemos recurrir por ayuda que al Espíritu Santo que mora en nosotros cuando necesitamos las palabras y dirección de Dios para cualquier situación en la que nos encontremos. El es la fuente de sabiduría para nuestras vidas. Hermanas, cuando nos sentimos débiles, recurramos al Espíritu Santo quién tiene el poder para sacarnos adelante. El es nuestra ayuda en medio de las situaciones que enfrentamos. El mismo Espíritu intercede por nosotros cuando no sabemos qué decir. Cuando tú y yo tenemos una lista de ideas de cómo Dios puede contestar nuestras oraciones y resolver nuestras situaciones, y luego nos vemos sin ideas; es allí cuando empezamos a perder la esperanza. Pensamos… ¿Cómo es que Dios no escoge una de las respuestas que le he dado? ¿Acaso no son los suficientemente explícitas? ¿Por qué no se porta bien Dios conmigo?

Hermanas, Dios no necesita nuestra ayuda, ni nuestras ideas, ni sugerencias. Cuando ya no tienes soluciones, o sugerencias para Dios, cuando tu esperanza está decayendo, cuando te sientes sin recursos, ¡El intercede! Si esto no te hace saltar de tu asiento ahorita, entonces hermana, ¡léelo otra vez!

Patri Ulariaga ✿⊱╮

http://patricia-tutti-frutti.blogspot.com.ar/

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