Luchando con el orgullo

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Estuve alejada de mi padre por mucho tiempo.

Mi orgullo no me permitía reconocer que él era un ser tan falible como yo,
y que el padre ideal que yo pretendía tener, era sólo producto de un
corazón egoísta, incapaz de perdonar.

Tuve serias dificultades al admitir que yo tenía un problema de desafecto,
a pesar de ello, él estuvo presente en diferentes etapas  de mi vida cuando
regresó a nuestro país, y de una manera u otra, él pedía perdón sin
palabras.

Cuando él enfermó gravemente, me di cuenta que la vida era muy efímera y
que mi alejamiento emocional, era una excusa para no demostrar el amor que
aún estaba latente.

Un día mientras le brindaba algunos cuidados, me pidió que lavara los pies.
Mientras lo hacía, mi alma lloraba. Mi padre ni siquiera se dio cuenta de
lo que ocurría. Me fui a un rincón a llorar la transformación que estaba
surgiendo en mi corazón.

Mi pasado volvió con fuerza y releí la realidad de manera distinta,
mientras el Espíritu Santo hacía su obra en mi memoria. Entendí lo que Dios
estaba enseñándome:

A ser humilde, a bajar mi altivez y a honrar a mi padre cualquiera que
hubiera sido su conducta.

Mi orgullo tuvo que ceder y darle cabida al amor de hija en toda su
expresión.

Resolví los cuestionamientos del pasado, desahogué la incertidumbre que me
provocaba el futuro y volví a ser la hija de mi padre.

Con frecuencia veo sus lágrimas escabulléndose al recordar su tiempo mejor
y solo puedo agradecer el tiempo que resta para brindarle lo mejor que
pueda, porque el Señor se agrada de un corazón humilde y alegre dispuesta
siempre a dar.

Puedo decirle siempre que lo amo y beso su rostro, como cuando era una
niña, la preferida de su padre.

Quisiera detenerme aquí y aplicarlo a nuestras vidas:

La arrogancia, la conducta malvada y lengua perversa son actitudes
insolentes frente a la Santidad de Dios.

Así que ser orgullosos y tener odio con nuestros semejantes, ya sea que
sean parientes, padres, hermanos, amigos, inclusive hacia su esposo, (odios
escondidos), es un pecado que ofende a Dios.

Nos olvidamos que Dios ve hasta lo más íntimo de nuestras intenciones y si
caminamos como si no nos afectara en lo más mínimo, le advierto:

Aún está ahí, “latente”…

Dice en Efesios 4:17-18

Esto,  pues,  digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros
gentiles,  que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento
entenebrecido,  ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos
hay,  por la dureza de su corazón;

Por eso, como ya hemos sido redimidos por la sangre de Cristo, el Odiar,
aborrecer, detestar, o enemistarse, es una emoción que no puede ocupar
lugar en nuestra mente y corazón, porque al transcender se convierte en una
acción continua que va de menos a más, como la lava ardiente, que va
quemando todo a su paso, y cuando para, solo quedan cenizas.

Si usted está bajo estas circunstancias y emociones le insto a cambiar de
actitud, arrepintiéndose, en una oración sincera a los pies de Cristo para
evitar la dura lección que Dios nos puede enseñar.

Sirviendo humildemente a Cristo

Su hermana en la fe…

Verónica

http://www.viajando-de-paso.blogspot.com/

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